Modus Operandi Fructum

Es muy difícil para mí publicar está entrada.

Uno no puede escribir sobre un crimen sin que lo relacionen con la víctima o el victimario.

De hecho lo primero que se me ocurrió fue el crimen y el cómo ejecutarlo. Los personajes vinieron después y fueron creados para darle credibilidad al resto de la historia.

Ya saben que pueden comentar  en el panel de abajo. Y ya se que dificilmente esto es ciencia ficción.

Los detectives observaban el fofo cadáver tirado en el piso de cemento, los restos de una sandía putrefacta se mesclaban con la sangre coagulada en el piso.

Uno de los detectives se armó de valor e hizo un comentario.

-Veintidós años de casados.-

El investigador y el forense no prestaron atención al comentario y continuaron con su trabajo.

 

 

Veintidós años odiando a aquel hombre.

Marisol se había casado con el muchacho guapo del carro deportivo soló para molestar a su madre. A los dieciocho años de edad todavía odiaba a su católica y conservadora madre.

El carro deportivo se fue haciendo viejo. La pintura se oxido, el motor empezó a traquetear, la tapicería se fue rompiendo y los faros se volvieron opacos. Pero el nunca cambio de automóvil, no podían pagar uno nuevo.

El muchacho guapo con el tiempo engordo, se le cayó el pelo, los dientes se pusieron amarillos, el consumo de alcohol y tabaco incremento, se dejó de rasurar la barba, el pantalón dejo de abrochar y la piel se puso grasosa. Pero él seguía usando playeras sin mangas para salir en la calle.

Cuando eran novios él la visitaba en el parque que estaba enfrente de la preparatoria, nunca fue a buscarla a su casa. La llevaba a cines y restaurantes en partes de la ciudad donde solo vivía gente con mucho dinero. Ahora el único lugar que visita es la iglesia. Lo hace sola y en un horario diferente al que van sus padres para no pasar vergüenza.

Con el tiempo los aspectos positivos fueron reemplazados por aspectos negativos que se acumulaban con los previos defectos de su marido. No había ningún aspecto positivo en su matrimonio.

De recién casados vivían en una casa nueva de tres metros de frente por tres de fondo y un solo piso, veintidós años después vivían en la misma casa pero más deteriorada, Marisol solo había terminado la prepa cuando se casó. Su marido tenía una licenciatura trunca en administración de empresas. La pareja sobrevivía con las comisiones que ganaba Marisol vendiendo en una tienda departamental.

Su marido no podía conservar un empleo. Los pretextos eran muchos:

-mi jefe es un explotador-

-La paga es muy mala-

-no quiero trabajar sábados y domingos-

-no quiero trabar los sábados-

-de nueve a seis no me da tiempo de hacer mis cosas-

-quieren que me pongan camisa-

-¿Qué quieres? así soy yo-

Un día su marido se sentó a ver televisión y no volvió a intentar conseguir un empleo. Su agenda diaria consistía en ver televisión hasta quedarse dormido, comer e ir a la cama para tener sexo.

El sexo era lo que Marisol realmente odiaba, su marido tenía un fetiche con las frutas. La noche de bodas convirtió un plátano en puré utilizando la entrepierna de Marisol, el fetiche siguió progresando indiferentemente de la situación de la pareja.

En una ocasión la compañía les cortó el suministro de agua por atrasarse con los pagos  y Marisol paso una hora llorando en el baño mientras retiraba restos de naranja de sus orificios utilizando papel higiénico.

En otra ocasión la mujer despertó amarrada a la cama mientras le introducían diferentes  frutas fálicas en su cuerpo, tuvo que reportarse enferma en el trabajo por tercera vez en el mes pero cuando se presentó a trabajar al día siguiente nadie dudó que lucía devastada.

La única manera de evitar recibir palizas o despertar amarrada era comportarse consensualmente cuando su marido satisfacía su frutal deseo. Lamentablemente eso lo orilló a buscar formas más imaginativas de aprovecharse de la fruta y su esposa.

El martirio de la fruta termino el día en que Javier se quedó dormido a mitad del coito. Con cuerpo adolorido Marisol escupió la manzana que tenía en la boca y procedió a retirar el pepino que estaba incrustado en su ano. Se sintió agradecida cuando vio que se había quedado dormido antes de utilizar el melón y la piña. (Él nunca antes había utilizado las dos al mismo tiempo).

Dos días después Marisol regreso a la casa temprano, había renunciado a su empleo. Su marido absorto en la televisión no volteo a verla. En el congelador del refrigerador reposaba una sandía, llevaba dos días en el refrigerador permitiendo que el agua se transformara el hielo.

Con voz apenas audible Mariana dijo:

-¿te gusta la fruta?-

La sandia congelada impactó contra la cabeza de Javier. Mientras el trataba de levantar su obesa figura recibió otro golpe en el cráneo causando una hemorragia cerebral…

 

 

Meses después los investigadores tomaban fotografías del cadáver de Javier, aquel pobre diablo había sido asesinado por su esposa o al menos eso sugerían los vecinos.

El reporte dice que Javier estaba comiendo sandia cuando alguien lo golpeo en la cabeza, sin el arma homicida y la esposa desaparecida el caso quedaría abierto durante décadas.

Matar a un músico

Hoy voy a asesinar a un músico.

La ley protege a todos los artistas del mundo. Es responsabilidad del gobierno central garantizar la seguridad de todos los exponentes de libre expresión.

Lamentablemente los músicos son una especie en peligro de extinción debido al “ordenador”.

Ordenador Music es una compañía americana que utiliza algoritmos estadísticos para generar combinaciones de vibraciones sónicas mezcladas con palabras previamente seleccionadas para enviar un mensaje al escucha.

Las computadoras del Ordenador generan diversos productos orientados a mercados específicos. Estos productos están creados considerando: la nacionalidad, edad, género, orientación sexual, grado académico y ocupación del cliente en común.

El monopolio de la música se sigue solidificando debido a una tendencia de los jóvenes a ya no crear su propia música y depender a la proporcionada por ordenador.

El crecimiento y autonomía de Ordenador Music se debe a que colabora con el gobierno central para generar canciones que inspiren al público a llevar el comportamiento deseado.

Mi trabajo es eliminar al último músico que no depende del ordenador, lo más irónico es que voy a matar a Cyber Ricardo Arjona.

Estos audifonos no se salen de tus oidos cuando los jalas

Estos audifonos no se salen de tus oidos cuando los jalas

Los Submarinos

-Yo era el operador de radio…-

Iván cuenta la historia desde un rincón apartado de la luz de las velas. Se encuentra rodeado de niños pequeños que utilizan ropa color sepia y lo miran con ojos llenos de curiosidad. El rostro de Iván esta perfectamente oculto en las sombras, la atención de los niños ce centra en el punto naranja del cigarrillo del hombre.

El narrador en las sombras medita algunos segundos y decide empezar la historia de otra manera.

-Yo operaba en un bunker escondido en el estrecho de Bering, sabía que no me quedaba mucho tiempo antes de que los satélites y esa mierda tecnología eliminaran mi puesto-

El cigarro se apaga pero la cansada voz con acento ruso continúa su relato.

-Yo era demasiado viejo para aprender a usar computadora, y algún joven recluta se merecía mi puesto en la armada roja.-

Uno de los niños acerca un mapa con diversas marcas en color azul y rojo.

-El fin del mundo sucedió en menos de un día. Corea, Francia, China, Irán y Japón habían lanzado sus misiles  en menos de una hora. Dos horas después Estados Unidos y Rusia intercambiaron misiles, por que ya nada tenia sentido-

Iván empieza a toser y uno de los niños le acerca una botella con un líquido amarillento, minutos después se decide a continuar con el relato.

-Yo me entere de todo esto en la televisión, no sabía lo que decían por que los únicos noticieros que se transmitían estaban en español y portugués. En mi bunker había alimentos para un mes, así que decidí permanecer en mi puesto y esperar noticias por parte de los submarinos del pacifico.-

Iván aprovecha para señalar el océano pacifico en el mapa.

-Dos semanas después un submarino que estaba enviando una señal de auxilio me contacto por la radio. Las explosiones generadas habían cambiado las mareas y el suelo oceánico. Yo no podía ayudarlos y ellos estaban completamente solos. Me contaron que en México, Argentina, Australia, Brasil, Sudáfrica y otros países fueron bombardeados para evitar que brindaran suministros y ayuda humanitaria a sus enemigos.-

Iván sale de las sombras para mostrar una página de un libro, es una hoja color azul con diversos puntos verdes diseminados.

-Un submarino chino me dio a entender que las islas de pacifico sur habían desaparecido… no habian podido contactar con nadie en China-

El hombre guarda silencio pero ninguno de los niños se mueve, ellos saben que la historia no ha terminado.

-Un submarino norteamericano me platico que los franceses dispararon contra Canadá, la lluvia radioactiva caía sobre todo Norteamérica no podían regresar a su país por que la lluvia mataba a todo el que pisara territorio norteamericano. Algunos submarinos me contactaban por radio y cuando entendian que soy ruso cortaban las comunicaciones, a finales del mes el radio se descompuso y la comunicación se corto-

Uno de los niños sentados al frente levanta tímidamente la mano, es un pequeño de cuatro años aproximadamente.

-¿Quieres preguntar algo Mikael?-

-Señor Iván ¿Qué es un submarino?-

Divertimento dickiano

Esta es la ultima (al menos de momento) de las colaboraciones de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Humorada inspirada por un párrafo de “Return match” de Philip K. Dick)

Tras la devastación que significó el Aquello, se pensó que todo había terminado irremediablemente.

Con el 99,99% de la población mundial evaporada o fundida en alguna de las cinco oleadas, ¿qué esperanza podía haber para los miserables sobrevivientes? ¿Qué ganas podía quedarle a ese 0,01% salvado milagrosamente por hallarse circulando por el metro de la ciudad al momento del Aquello?

¡Pero sí hubo uno que se alzó entre la muchedumbre gimiente! Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, se levantó y arengó a los sobrevivientes.

—¡Compañeros, hermanos! —comenzó, encaramándose en el gran pilar del reloj en la Estación Central del metro (inexplicablemente, todos los trenes habían seguido su trayecto hasta llegar a la estación, reuniendo en un solo lugar a los únicos humanos vivos aún sobre el entero planeta)—: ¡No desfallezcáis!, no todo está perdido. Creo que puedo guiaros hacia un nuevo y brillante futuro —concluyó.

Todos los presentes se miraron unos a otros, desconcertados… No tanto por lo que había dicho el hombre sino por el cómo lo había dicho. ¿De dónde había sacado eso de “desfallezcáis” y “guiaros”? ¿Quién era ése que hablaba como protagonista de película porno?, se preguntaron en sus corazones.

El desconcierto, sin embargo, duró la nada misma y todos volvieron a sus propias y post-Aquellísticas preocupaciones. Pero Juan Ramiro Inostroza Ceballos no era tipo que se amilanara tan fácilmente. Se encaramó aún más por el pilar hasta quedar sentado sobre el reloj que, cosa extraña, seguía andando cuando todos los otros relojes se habían detenido.

—¡Escuchadme, hermanos! Sé de…

—¡Oye, flaco! —le interrumpió uno de los supervivientes—, ¿pa’qué hablái como actor porno?

Un gran murmullo de afirmación recorrió la Estación Central.

—¿Qué es porno? —preguntó un niñito. En realidad, el único niño presente.

Pssst… cabro chico —le respondió con desdén una niña no más grande que él. La única niña presente.

—¡Escuchadme! —insistió Juan Ramiro Inostroza Ceballos—. ¡Os tengo una gran noticia! ¡Sé cómo podéis salvaros!

—¿Y cómo, según tú? —preguntó alguien más, que luego se volvió a la persona a su lado y le confidenció—: Seguro que es actor porno y la sífilis le jodió la cabeza.

Mmm… —asintió la otra.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos se puso de pie sobre el reloj y, desde ese precario equilibrio, por fin les expuso su plan:

—A las afueras de la ciudad, bajo el Cerro de la Virgen Preñada, existe una base secreta del gobierno donde un cohete espera a ser lanzado. ¡Ese cohete es vuestra última esperanza!

El silencio se apoderó de la gigantesca Estación Central. Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, se estiró aún más sobre el reloj. ¡Una voz había sido alzada en medio del desierto Aquellístico, anunciando la venida del Salvador en forma de cohete! El 0,01% sobreviviente de la población mundial contuvo el aliento durante un instante que pareció eterno. En el filo mismo de la aniquilación total de la humanidad un hombre ofrecía esperanza y consuelo. ¡Que se alzaran los vítores y las aclamaciones! ¡Que se entonaran himnos de alabanza y regocijo!…

 

El silencio se rompió, sí, y de modo abrupto además, pero no por las loas del 0,01%, sino por la risotada de todos los sobrevivientes confinados en la Estación Central. Apretándose la guata, todos se agitaron riendo a mandíbula batiente. Unos intentaban enjugar sus lágrimas en medio de la carcajada general. Otros, apenas aguantaban el pichí entre las piernas. Grandes y chicos. Hombres y mujeres (hasta el par de travestis que volvía de la periferia). Viejos y jóvenes. Adultos y niños (es decir, los dos únicos niños presentes). Todos reían sin parar…

Juan Ramiro Inostroza Ceballos, orgulloso, levantó el puño en alto (qué puño levantó, poco importaba ya tras el Aquello… si es que alguna vez, en realidad, había tenido importancia) y gritó a todo pulmón, sintiéndose victorioso:

—¡¡¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!!!!!!!

La muchedumbre enmudeció, congelados en el gesto y el movimiento. Hasta que uno gritó desde el fondo de la estación:

—¡Cállate, coño ridículo!

Juan Ramiro Inostroza Ceballos, desde su atalaya, vio como la marea cambiaba. Uno tras otro, le daban la espalda volviendo a sus propias disquisiciones.

—Pero… ¡escuchadme! Os lo suplico… Preguntaos, ¿qué podéis perder?… ¡Dadme una oportunidad!

Tal vez fue el tono suplicante de Juan Ramiro Inostroza Ceballos… o fue que todos los supervivientes no tenían nada mejor que hacer y, al fin y al cabo, un poco de diversión a costa del ridículo actor porno no tendría por qué ser un desperdicio… El asunto es que, al tiempo que volvían a mirarle, decidieron hacerle caso.

—Ya, suéltala —le conminó alguno.

—Compañeros en el infortunio y la desgracia. Debéis acompañarme… ¡AHORA! —arengó a viva voz, al tiempo que saltaba desde el reloj y caía de hocico contra el piso embaldosado de la Estación Central.

Se recompuso inmediatamente y, tras escupir sangre, les hizo señas con la mano para que le siguieran a la calle.

—Oye… —le preguntó al oído el niño a la niña—, ¿qué es coño?

La niña lo miró y ¡ploc! le pegó un chirlito en la frente, tras lo cual se apresuró a salir de los primeros para así perder al fastidioso niño.

 

El paisaje en la avenida principal de la ciudad era todo lo desolado y triste que uno pudiera imaginarse. Fuera de la Estación Central se notaba el paso del Aquello por las calles de la otrora ruidosa urbe.

El grupo de supervivientes, guiados por Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, avanzó entre la generosa destrucción, cuchicheando entre sí en voz muy baja, como si estuviesen en medio de algún servicio religioso mortuorio.

A la zaga del grupo, el niño apuraba el paso, tropezando aquí y allá. Gimoteaba y estiraba el cuello tratando de encontrar a la niña. Pero ella, con paso muy resuelto, avanzaba a la par de Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aunque eso le significara casi correr para mantener el tranco.

 

—¡Helo aquí! —dijo Juan Ramiro Inostroza Ceballos a los pies del cerro—. ¡El Cerro de la Virgen Preñada! Dentro de él encontraréis el cohete que habrá de salvaros.

El 0,01% superviviente alzó la vista hasta lo alto del gran cerro, donde una gigantesca y descabezada estatua blanca de la Virgen en estado de gravidez abría lo que quedaba de sus brazos hacia el cielo enrarecido. El cielo heredado del Aquello.

—Oiga, joven —se adelantó una viejecita—, ¿y cómo se entra al cerro? Porque yo, desde que tengo memoria, nunca he sabido que haya algo dentro del cerro, ¿sabe, usted?

La muchedumbre asintió, completamente de acuerdo con la viejecita. Un nuevo murmullo se alzó desde el gentío reunido. Juan Ramiro Inostroza Ceballos alzó la mano pidiendo silencio.

—¡Hermanos míos! —Para hablarles, ahora se había encaramado sobre un bus volcado—. Habéis confiado en mí y os he guiado hasta las faldas del Cerro de la Virgen Preñada. Os pido sólo un poco más de fe, pueblo mío…

Alguien saltó ante el bus y lo interrumpió:

—¿”Pueblo mío”?… ¿Sabí qué? Voh no hablái como actor porno… ¡voh hablái como en película de semana santa!

—¡Sí! —le siguió otro—: Pa’ mí que te creí Moisés…

Sí, sí. Gritaron todos. ¡Es un fraude!, clamaron unos. ¡Linchémoslo!, sentenciaron otros. Y se abalanzaron contra el bus con los puños en alto.

—¡Calmaos! ¡Calmaos! —Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, intentó apaciguarlos, pero al ver que la cosa pintaba color de hormiga, saltó por el otro lado del bus y corrió cuesta arriba por un amplio sendero.

Al darse cuenta de la fuga, el 0,01 % se enardeció y partió tras el prófugo de habla extraña.

Abajo, sentada sobre una piedra ennegrecida, quedó la niña, alisándose la falda y resoplando con fastidio. Acaso, ¿podría empeorar todo?, se preguntaba observando a la turba perderse por el sendero.

—¡Llegué! —la vocecilla de pito la sobresaltó. Se dio vuelta y… ¡sí podía empeorar todo!… ahí estaba el niñato insoportable. La niña volvió a resoplar, resignada.

 

Al mismo tiempo, Juan Ramiro Inostroza Ceballos se internaba por una huella prohibida para el público. La cadena con el cartelito de “No pasar” que impedía la entrada a los curiosos, había desaparecido en la primera oleada.

Corrió entre los arbustos, esquivando las grandes piedras que el Aquello había dejado desperdigadas por todo el lugar. Tras él, los gritos furibundos de los supervivientes se sentían cada vez más cerca.

—Joder… que casi lo logro —se dijo a sí mismo… Justo cuando una mano enorme lo detuvo, tirándole a tierra.

—¡Ya tengo al actor porno! —gritó el cazador.

Los demás aparecieron, apretujados, de todas direcciones, como si los árboles mismos los parieran uno tras otro.

—Aquí está el profeta —confirmó el primero en acercarse. A estas alturas, existía una gran confusión entre el 0,01% respecto de la identidad verdadera de Juan Ramiro Inostroza Ceballos, nombre por el cual nadie lo conocía, a decir verdad.

—Mira lo que hace la sífilis… —sentenció una mujer, meneando la cabeza y santiguándose.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó alguno y todos se quedaron callados, dirigiéndose furtivas miradas entre ellos.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos aprovechó el desconcierto y se medio incorporó. Lo preciso para señalar con el dedo magullado hacia una roca gigantesca y murmurar, escupiendo tierra, hojas y otras cosas de dudosa procedencia:

—La puerta, pardiez… La puerta…

 

La miraron con el mismo asombro con que un bebé recién nacido mira al mundo que lo rodea. Unas letras pintadas que casi desaparecían tras el súbito óxido de la cuarta oleada, permitían leer “Base militar ultra-secreta. Si usted está leyendo esto…” y nada más. Pero lo justo y preciso para que las quiméricas promesas de salvación de Juan Ramiro Inostroza Ceballos cobraran palpable realidad. Porque era consenso entre la humanidad antes del Aquello que en las bases secretas militares siempre se ocultaban grandiosos prodigios imposibles de imaginar… y ésta no era una base secreta cualquiera sino que una ¡ultra-secreta!

Olvidando al malogrado Juan Ramiro Inostroza Ceballos, se lanzaron frenéticos hacia la puerta, apelotonándose en torno a ella de tal modo que ninguno alcanzaba a tomar la manilla y girarla.

Enquistados en su afán, sólo logró apaciguarlos una voz que, serena y segura, avanzaba desde la retaguardia hacia adelante. ¡Era Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado!

—Permitidme —exhortaba—; si os he dirigido hasta este sitio, por fuerza he de guiaros más allá.

Y esta vez, abrumados por los acontecimientos, no cuestionaron ya sus dichos sino que se abrieron, dándole paso hasta la manilla misma.

¡Por sobre el acento español de la península que tanta controversia había despertado en el 0,01%, ahora se alzaba la figura de Juan Ramiro Inostroza Ceballos como el héroe beatífico que efectivamente habría de guiarlos a la salvación!

No había puesto aún su mano sobre la manilla cuando ya algunos comentaban “Yo lo conocía de antes”, “Yo lo ayudé a subir al reloj” o “Yo le creí desde un principio”. Pero cuando intentó girar la manilla y ésta no se movió… y volvió a intentarlo… y volvió… y volvió… y nunca se movió, el caprichoso 0,01% regresó a sus primeros comentarios: “Te dije que era un fraude”, “Es un aparecido”, “Yo nunca le creí”.

Juan Ramiro Inostroza Ceballos hizo un último, aparatoso y estéril esfuerzo.

—¡Me cago en Dios y la hostia! —gritó enloquecido y pateó la tozuda puerta. La turba retrocedió con cautela: no era muy bueno que digamos quedarse cerca de un loco airado tirando a berserker.

—La sífilis… —empezó a comentar alguien, mas un leve rechinido ahogó su frase. De hecho, hasta el mismo Juan Ramiro Inostroza Ceballos se quedó inmóvil, chorreando baba entre los labios hinchados por los anteriores golpes…

¡La puerta se abrió por sí sola, exhalando un vaho a herrumbre, tiempo y silencio a la vez!

—Me cago en… —musitó Juan Ramiro Inostroza Ceballos y alguna viejecilla pechoña (que de forma muy terca siempre sobreviven a las catástrofes más grandes) respondió:

—Amén.

Con una reverencia casi mística, uno a uno, con Juan Ramiro Inostroza Ceballos a la cabeza, los sobrevivientes penetraron en el cerro. Avanzaron por un largo y tortuoso pasillo a oscuras, expectantes de lo que la siguiente esquina pudiera depararles, alerta el ánimo para, esperaban, la mejor noticia que el post-Aquello les brindara. ¡Y no resultaron desilusionados!: el pasillo comenzó a descender y descender hasta que sintieron agua bajo sus pies y luego ascendieron y ascendieron hasta que la luz artificial les encegueció por completo para, de inmediato, revelarles el corazón mismo de la base militar ultra-secreta, una gigantesca cúpula en cuyo centro, sobre una pista demarcada por líneas fosforescentes, descansaba un cohete del tamaño de un titán. Plateado y estilizado, apuntando al cenit de la bóveda de metal y piedra, y —rogaban con el corazón encogido— a la anhelada salvación.

—¿Veis?… ¿Veis? —acotó Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado, abarcando con un ademán de la mano todo lo que estaba a su vista—. La capacidad del cohete es suficiente para acogeros a todos vosotros y volar hacia un nuevo y brillante futuro. ¿Qué opináis?

La multitud gritó enfervorizada y se precipitó hacia el cohete de plata, en alocada carrera a las escalinatas de acceso.

—¡Esperad! ¡Esperad! —intentaba calmarlos Juan Ramiro Inostroza Ceballos, viéndose arrastrado por el verdadero tsunami humano.

Sin embargo, la turba no se detuvo hasta que todos estuvieron dentro del cohete… entre ellos, el mismo Juan Ramiro Inostroza Ceballos, aún más magullado que antes.

—¿Dónde está la sala de control? —clamó uno de los más exaltados, subiendo hacia la punta del cohete.

—¡Acá! ¡Acá! —respondió otro desde algún nivel superior y pronto un gran número de los supervivientes pujaba por llegar a la sala de control.

Consternado, Juan Ramiro Inostroza Ceballos también se abrió paso entre el 0,01%. Bajo el influjo de la delirante amnesia que les subyugaba, ahora nadie parecía acordarse de él y por cada paso que daba, retrocedía tres. Pero la misma clase de determinación con la que había logrado convencer a toda la muchedumbre sobreviviente en la Estación Central de la ciudad, ahora lo llevó, por fin, a la sala de control. Justo cuando alguien se adelantaba con el dedo índice enhiesto hacia el panel de navegación, preguntando:

—¿Y este botón color caramelo?

—¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooo!!!… —gritó Juan Ramiro Inostroza Ceballos con las últimas y exiguas energías que le quedaban. Pero no fue suficiente para detener al susodicho dedo índice enhiesto que, con irrefrenable curiosidad, hundió el también susodicho botón color caramelo.

—¡Ese es el botón…! —alertó Juan Ramiro Inostroza Ceballos antes que un potente rugido engullera sus palabras. Sólo los que estaban a su lado se dieron cuenta de que el desesperado aficionado a la ciencia ficción y escritor frustrado caía de rodillas y se encogía sobre sí mismo.

El cohete plateado tembló y su base comenzó a vomitar fuego y humo. Hubo un breve cruce de miradas interrogativas y todos gritaron al unísono “¡A la salvación!”. Entonces el cohete se elevó…

 

Desde el piso, Juan Ramiro Inostroza Ceballos volvió a repetir para sí:

—Ese es el botón… de ignición… y la compuerta de salida está cerrada. Vamos a chocar contra el techo…

Lo que, por supuesto, aconteció de inmediato: El cohete se elevó con toda su titánica potencia no más de cien metros y se estrelló contra el domo de la base militar ultra-secreta. La punta se acható y el cohete siguió pujando contra el metal y la roca, escorándose contra la pared cóncava, hasta que el motor recalentado hizo estallar el combustible desintegrando todo el plateado armatoste, nivel por nivel, borrando de la faz de la tierra al 0,01% sobreviviente. Más efectivo que el Aquello, si se puede decir tal cosa.

Afuera, el cerro se sacudió en sus cimientos y, acto seguido, colapsó sobre sí mismo, hundiendo los restos de la Virgen Preñada, junto a los sueños de salvación de los supervivientes, para siempre entre una enorme nube turbia de polvo, escombros y demases.

 

A casi una cuadra de ahí, en una heladería abandonada, la niña seguía insistiendo con la manilla de la máquina de helados soft, pero nada salía de la boquilla. Muy contrariada, pateó la máquina justo cuando el cerro de la Virgen Preñada sucumbía ocasionando un fuerte temblor.

La niña se miró el pie, sorprendida, y volvió a patear la máquina de helados para ver qué pasaba. Esta vez no hubo temblor sino un ensordecedor estruendo que la lanzó de bruces al suelo.

Antes de incorporarse, la alcanzó la espesa nube de polvo y, en medio de ella, el agudo chillido del niño:

—¡Uaaaaah!… ¡Quiero a mi mamá! ¡Quiero a mi mamá! —lloriqueaba desesperado desde algún sitio. La niña escuchaba su grito en sordina… pero lo escuchaba.

—¡Por la…! —maldijo y se puso en pie. Se alisó la falda y subió las calcetas que habían caído sobre sus tobillos—. Me lleva… el muy hijo de la gran perra… —volvió a jurar, antes de taparse la boca con un delicado pañuelo que llevaba en el bolsillito de su chaleco rosa y salir a la calle en penumbras.

Entrecerró los ojos, como si quisiera aguzar la vista, en busca del niño lloricón. Lo encontró de inmediato, su silueta encorvada, estremeciéndose con fuertes ahogos.

—Quiero a mi mamá… quiero a mi… ¡Ay! —La niña, apenas estuvo junto a él, lo espabiló con un golpe en la nuca.

—¿Y qué te pasa a ti? —le increpó de inmediato.

El niño alzó los ojos vidriosos y, haciendo un enorme puchero, hundió la cara en el vientre de la niña, quien le rechazó con asco.

Sácate, cabro moquillento.

Dio media vuelta y se alejó del niño, pero, a poco andar, se dio cuenta de que él la seguía. Se detuvo en seco y lo encaró, con los puños apretados a los lados de su cuerpo:

—¡¿Qué quieres ahora?!

El niño bajó la vista y preguntó con una vocecita casi imperceptible:

—¿Qué pasó? ¿Dónde están los tíos?

La niña estiró el cuello por sobre él, mirando hacia dónde solía estar el Cerro de la Virgen Preñada.

—Pasa —contestó, cruzándose de brazos— que el Cerro de la Virgen Preñada se derrumbó con todos los ridículos esos adentro.

—Entonces… sólo estamos los dos solitos.

—¡No, cabro chico! —La niña hundió el dedo índice en el pecho agitado del niño remarcando cada una de sus palabras—: significa que yo estoy sola y estás solo… Cada cual por su lado… ¿Entendiste? —Volvió a pegarle un chirlito en la frente e hizo ademán de irse.

Sin embargo el niño la cogió del borde del chaleco.

—¡¿Qué quieres ahora?! —lo conminó con una mirada que echaba chispas.

—Es que… ¿Qué es Virgen Preñada?

La niña se soltó de un manotazo.

—Mira… —le amenazó agitando el puño ante los enrojecidos ojos del niño—, Virgen es cómo te vas a quedar para siempre… y Preñada es lo que yo nunca voy a estar… ¿Está claro? —Dicho esto, le dio un empujón que dejó al niño sentado y se perdió entre los escombros.

El niño se puso a llorar a viva voz hasta que se cansó, aspiró los mocos que colgaban de su nariz y partió con paso cansino por el mismo camino que tomó la niña, suspirando cada tanto.

Arriba, un viento frío y desolado empezaba a soplar sobre la ciudad… en realidad, sobre el mundo entero. Tras la devastación que significó el Aquello, todo había terminado irremediablemente.

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Ocurrió de camino a la estación

Esta y las proximas colaboraciones son de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Tras mamarme por infinitésima vez “Los diez mandamientos” por televisión)

El casino del nivel 381-AD se encontraba atestado tras cerrarse las esclusas secundarias de la gigantesca nave-nodriza. Todo el personal que volvía de las bajadas diurnas (según el horario estándar de las embarcaciones de ese tipo) acostumbraba pasarse por alguno de los casinos para relajarse tras el trabajo diario.

A pesar de ello, no fue difícil para Mitr encontrar a su amigo: la expresión de fastidio de aquel brillaba como un faro de oscuridad en medio de la luminosidad del público.

—¿Y tú? ¿Por qué esa cara de wub apaleado? —le preguntó a su amigo una vez estuvo a su lado. Éste la miró sin ninguna gana de contestarle o de hablar de cualquier otra cosa.

Pero Mitr era insistente. Se sentó a su lado. Tecleó una selección en el tablero. Aguardó por el trago pedido. Lo recibió de la bandeja flotante. Puso su pulgar en el lector de cobro. Lo bebió por completo. Tecleó el bis. Y volvió a la carga:

—Ya, dime. ¿Qué te pasa? ¿Es verdad lo que supe…? —recibió el segundo trago y apenas sí humedeció los gruesos labios tatuados en él.

Las risotadas de un grupo cercano hicieron voltear a Mitr. Alzó el vaso y brindó a la distancia. Cuando se volvió hacia su compañero, descubrió que este había desaparecido.

—Maldición… —Apuró el resto del trago y se levantó.

Alcanzó a distinguirlo cerca de la salida oeste, la que comunica, entre otras secciones del nivel, con el hangar de pertrechos. ¿Iría hacia ese lugar? Mal destino, pensó Mitr. «Sí que está jodido… debe de ser verdad entonces…» concluyó mentalmente y partió a la zaga de su amigo.

 

Lo buscó por el hangar pero no lo encontró. Frustrada, se dirigió a un panel en la pared. Colocó su pulgar y sacó la lengua ante el visor para identificarse.

Tras el pitillo, ordenó la búsqueda y localización de su amigo. Se supone que las prerrogativas de su cargo no están para satisfacer pequeños caprichos, sino para la ejecución de actividades oficiales; sin embargo, ¿quién se lo iba a reprochar? Y, en cualquier caso, siempre podía argüir alguna razón aceptable.

La respuesta no se hizo esperar. Un chirrido agudo expulsó una cartola por la ranura inferior del panel.

—Ajá —se sonrió al leerlo—, te creías muy listillo.

Volvió al pasillo central del nivel 381-AD. Retrocedió hacia el casino y se desvió a mano derecha, hacia la cuarta bodega. Pasó ante una claraboya y se detuvo un segundo para contemplar el planeta azul que orbitaban. Un par de Buscadores se cruzó por su campo visual. La Orden no descansaba.

Aceleró el paso. Cruzó la bodega. Salió por la puerta superior y subió una escala de emergencia adosada a la pared.

Resollando llegó al nivel intermedio. «Ojalá que el maldito no se haya movido», masculló, mientras se acercaba al elevador. Entró, colocó el pulgar, sacó la lengua y silbó el destino. El elevador se deslizó suavemente hasta detenerse y abrir la compuerta.

El aire fresco le dio en la cara y eso animó un poco más a Mitr: había comenzado a sentirse fastidiada ella misma camino del Vergel.

Una asistente joven la saludó con un leve movimiento de cabeza y Mitr le devolvió una amplia sonrisa, sintiendo sus pezones erguirse bajo el efod. Tomó registro mental del nombre de la asistente estampado en la piocha de su uniforme para lo que fuera menester… otras de las prerrogativas no-oficiales de su cargo.

Avanzó entre los invernaderos hasta que un murmullo le señaló por dónde internarse.

Al final del pasillo, junto al Conservador Eónico, lo encontró masticando la rabia, la frustración, o lo que fuera. Se acercó en silencio hasta estar a sus espaldas. Se levantó sobre la punta de sus pies descalzos. Se inclinó hacia delante y acercó sus labios a la oreja del otro.

—¡Te tengo! —le gritó y lo abrazó por detrás.

—¡Pero qué mierda te crees…! —La empujó contra la pared transparente de aislamiento térmico del Conservador—. ¡Déjame en paz, ¿quieres?!

—Vamos… no seas así —Mitr volvió a acercarse, esta vez con amabilidad y un dejo de seducción—. ¿Por qué no me cuentas lo de tu asignación? ¿Tan terrible es?

—Peor de lo que piensas… Y todo por un error del nativo…

Mitr se sonrió. Una vez que su amigo empezaba a hablar, nadie podía pararlo. Esperaba no lamentarlo, eso sí.

—Ocurrió de camino a la estación… —por los sonizadores de la nave-nodriza silbó la señal horaria estándar. Ambos miraron hacia arriba y luego el uno al otro. Se encogieron de hombros. Prerrogativas. Él prosiguió—: Había acabado con mis recolecciones y, para acortar la carrera, subí al monte por el lado oriental. ¿Estuviste alguna vez en la Estación de Acopio de la región?… Me imagino que sí.

Mitr volvió a sonreírse, recordando el picante episodio con los dos cadetes-acólitos de la Estación. «¡Qué tiempos aquellos!», se quejó divertida. Pero su amigo proseguía con el relato:

—… y al enfilar el estrato-deslizador por entre dos paredes rocosas sentí un segundo retorcijón en el estómago. Así que detuve el armatoste… Sí, ya sé que eso está fuera de protocolo, pero ¿qué iba a hacer? ¿Cagarme dentro del traje? Supuse que no habría ningún nativo por ahí cerca… ¿Qué nativo en su sano juicio iba a encaramarse a esas alturas del monte tras el condicionamiento genético? ¿No habrías concordado conmigo de haberte encontrado en mi situación?

Mitr asintió y empezó ya a lamentar su insistencia: no se esperaba un relato tan poco heroico como ese. Aún así, resignada, dejó que su compañero continuara.

—Me agaché tras un arbusto y dejé… dejé que fluyera, si sabes a qué me refiero. No puedes ni imaginarte el alivio y bienestar que me invadió mientras cagaba hasta la última gota de mi malestar estomacal. ¡Ni me acordé del jodido protocolo de contaminación y huella! Simplemente… simplemente…

—“Dejaste que fluyera…” —completó la frase Mitr, haciendo un mohín de asco con los labios, anhelando ahora que silbara la condenada señal horaria estándar. ¿Para esto lo había seguido por la quinta parte de un nivel de la nave-nodriza? ¡Qué pérdida! Lo único que le quedaba era esperar que su amigo terminara pronto su “historia” y que, a la salida, aún estuviese la asistente joven para citarla a su camarote. ¡Algún provecho tenía que haber en todo esto!

—Exacto… dejé que fluyera —continuó el hombre—. ¡Hasta que escuché al nativo acercarse! ¡No se suponía que estuviese ahí!… ¿De qué sirve el dichoso condicionamiento? —Su semblante se volvió aún más sombrío—. Me preguntó algo… Tú sabes que nunca se me ha dado lo de esos dialectos locales de los nativos. Creo que no me podía distinguir muy bien porque entre el arbusto y yo, estaba el estrato-deslizador y su brillo, me parece, lo cegaba en parte.

»Entré en pánico y sólo se me ocurrió una solución: Accioné el amplificador traqueal y le dije que estaba en sitio sagrado, que cuidase sus pasos. Supongo que me entendió a medias porque lo vi sacarse esas sandalias de piel animal que usan y arrodillarse… A veces me pregunto si no hemos exagerado con el condicionamiento… Intenté atemorizarlo para que se largase y me permitiese terminar con mi trance estomacal… No tuve mucho éxito… Voy a tener que tomar un reforzamiento en dialectos: el asunto se enredaba más y más a medida que le hablaba… Cuento corto («¡por fin!», agradeció en su fuero interno Mitr), le metí cuco con un par de cosas y lo despaché con alguna frase típica del Catálogo Básico de Operaciones.

»El nativo se puso en pie, volvió a calzarse y se alejó en medio de aparatosas genuflexiones. Yo terminé con lo mío —que tras el sorpresivo encuentro se había vuelto a agudizar— me limpié, me arreglé, subí al estrato-deslizador y continúe mi camino hacia la Estación de Acopio, donde pronto olvidé todo el dichoso episodio.

»A la hora de recogida, estuve en el punto y volví a la nave-nodriza. Subí junto a cuatro exploradores más… Son de los que arribaron cinco giros atrás. ¿Los conoces? ¿Sabías que uno de ellos estuvo enganchado con…?

—Después me cuentas esos detalles… ¿quieres? —le interrumpió Mitr, temiendo que su amigo divagara en asuntos sin cuento—. ¿Qué pasó luego? ¿Te denunciaron? ¿Te delataste?

El hombre se frotó la oreja izquierda con la palma de su mano, desarmando en parte su peinado. Se volvió a mirar las plantas que crecían, iridiscentes, tras la pared transparente de aislamiento eónico-térmico. Apoyó la frente contra una columna y continuó:

—No… no del modo que lo imaginas. Al cabo de unos días, cuando me disponía a hacer una bajada de limpieza junto a mi Triunvirato, me llamó el Superior. Acudí sin siquiera sospechar que la citación se relacionase con el… “incidente”.

»Llegué al puente y me condujeron ante su presencia de inmediato. En ese punto ya comencé a preocuparme. Aún así, lo del…

—Incidente —ayudó Mitr.

—Sí, eso… lo del “incidente” ni siquiera se me cruzaba por la mente. En realidad temía que la cadete-novicia hubiese presentado alguna queja…

—¿Qué cadete? —Ese dato pareció despertar a Mitr, recordando las lúbricas costumbres de su compañero. Pero ahora fue él quien no quiso distraerse con otros asuntos:

—Luego te lo cuento… si es que ya no lo sabes, en realidad. —Mitr se encogió de hombros.

»Te decía que llegué ante el Superior, quien me recibió muy amablemente. ¡Incluso me ofreció Kil para beber y Mach para snifar! Le acepté el kil, que me supo más amargo que de costumbre, y esperé el golpe, imaginando de qué manera librar de la acusaciones que la niñata esa pudiera haberme levantado. Sin embargo, el Superior se tomó su tiempo. Se bebió el kil de un trago, se sirvió otro, le espolvoreó mach encima, ¡eso fue nuevo para mí! —«Y para mí», reflexionó Mitr, imaginando mil aplicaciones para la cáustica combinación.

»Tomó, entonces, una carpeta. La abrió y leyó y releyó algo. Cada tanto asentía y pasaba de página. Inquieto, sentí como el kil tomaba temperatura entre mis manos. Me lo acabé de sopetón y no pude evitar toser, sintiendo que la garganta me explotaba y que el licor se me salía por la nariz.

»Intenté una pálida excusa, pero el Superior se limitó a alzar la vista un momento y regresar de inmediato a la lectura. Yo volví a mi eterna espera. Pronto, más que inquieto, me sentí aburrido. —Mitr bufó, sintiéndose ella misma aburrida.

»—¿Cuántas veces antes ha alterado el Protocolo de Comportamiento con los nativos? —me soltó de pronto. Debió adivinar mi desconcierto porque agregó a continuación—: Lo de salirse de ruta y detenerse para establecer contacto directo con los nativos…

»¿Qué podía decir? ¡Ni siquiera sospechaba que pudiera tratarse de eso! Intenté una excusa… ¡no le iba a decir que estaba con cagadera! Sin embargo, me pareció que el Superior no esperaba una verdadera respuesta de mi parte porque, acto seguido, me largó una tremenda perorata sobre el valor de la innovación, de la iniciativa; sobre el aporte inmenso que la casualidad y el accidente podían brindar, guiados con mano certera; sobre… En fin, el Superior pretendía que mi salida de protocolo era una oportunidad que no se podía desestimar, una oportunidad a la que se le podía extraer muchísimo provecho… y esa fue la palabra que utilizó, “provecho”.

»Intuí que decía “provecho” en referencia a sí mismo… lo que sólo podía significar que, para mí, sería sinónimo de desmedro y más trabajo…

Calló, volviendo a bajar la vista y asumir esa expresión reconcentrada y mustia. Se escuchó el soplido de una puerta automática a lo lejos. «Maldición, espero que no se haya ido», pensó Mitr en relación a la joven asistente, pateando el piso lacado. Estiró el cuello hacia su amigo con una amenazante expresión en los ojos rasgados. «Termina de una vez, desgraciado», ordenaban de modo taxativo.

El otro suspiró con fuerza, sin advertir la impaciencia de Mitr, y continuó:

—El dichoso nativo… el muy estúpido creyó que le había encomendado alguna misión. Tres infiltrados vartianos dieron informe del maldito: ¡se fue a hablar con un rey para que liberen a un inmundo pueblo esclavizado! Y ¿qué crees que hizo el rey ese? ¡Lo despachó con tres patadas en el culo! Y el Superior piensa que puede ser interesante seguir adelante con la jugarreta y, puesto que yo inicié el lío, ¡quiere que yo me haga cargo de todo el experimento! ¡¡¡yo!!! Qué me interesan a mí los sucios nativos de este planetucho. Dime… ¡dime!

—Por favor, no seas tan melodramático. —Mitr apenas sí contenía la risa. Había imaginado algo mucho más espectacular, pero las Comisiones de Pueblo eran una bagatela. ¡Hasta a ella misma le había tocado la asignación alguna vez en otro planeta!— No puedes ser tan mamón…

—No te burles, Mitr. Sabes que me cabrean ese tipo de asignaciones…

—Pero no puedes eludirlas —se apegó a su amigo—. No, cuando el mismo Superior te lo ha encomendado… ¿Y?… ¿cómo lo vas a hacer?

—Según el Manual. Mañana bajo a entrevistarme con el nativo… Móseh creo que se llama el cretino. Tengo que darle otra misión y entregarle un artefacto… Sólo espero no enredarme con el condenado idioma del nativo. El Superior quiere que forme una nación con los que Móseh (o cómo se llame) libere y que siga un esquema Prior B con Segunda Ventaja…

Mitr silbó admirada. Cómo podía alguien quejarse de tamaño privilegio: hacerse pasar por un dios y jugar con una nación completa…

—No tengo restricción de Intervención —agregó el desdichado—. Pero te aseguro, Mitr: a la primera que los mal nacidos me joroben, me los cargo a todos… en especial al condenado Móseh ese que me enredó en todo este cahuín. Aunque el Superior me deporte por todas las revoluciones del tiempo.

Mitr lo abrazó y le dijo al oído:

—No seas tan gruñón, Adhonay. —Agarró la entrepierna de su amigo con fuerza—. Ven, vámonos a mi camarote para relajarte… Mañana vas a hacerlas de dios… no es tan malo. Me excitan los dioses. —«Y las asistentes jóvenes», agregó mentalmente, rogándole a sus propios dioses que la jornada acabara en un fogoso trío.

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LA PEQUEÑA HIJA DEL ABISMO

Esta y las proximas colaboraciones son de MENA; autor y dibujante que comparte con nosotros su inspirador trabajo. puedes contactarlo en el formulario de abajo y tambien puedes comentar.

(Léase mientras se escucha “La petite fille de la mer” de Vangelis)

La guerra entre Humanos y los Algyroides Marchi fue corta, tan corta como largas eran las ambiciones de los terrícolas una vez que dominaron los secretos del viaje intergaláctico.

Los Algyroides Marchi por su parte —de lo que pudo deducirse estudiando los escasos archivos sobrevivientes tras el genocida asalto humano— eran un pueblo de la vecindad del giro estelar, sin mayor ambición que la contemplación de los ciclos de los agujeros negros. Seres pacíficos unidos indeleblemente a sus amadas bestias, las Kullammak o Umgullick; preciosos animales que nadaban a través de las estrellas con la gracia de lo etéreo y la velocidad de lo tangible. Una simbiosis perfecta.

Exterminada la gran mayoría de los Algyroides Marchi —y en severos campos de concentración los escasos sobrevivientes—, los asesinos terrícolas se empeñaron en dominar a las Kullammak. Intuían que, bajo su férrea dirección, podían transformarse en formidables transportes y armas de guerra para conquistar todo el resto de la rueda galáctica.

Los Humanos procedieron con la violencia habitual de su raza para acelerar la domesticación de las Kullammak, pero pronto el intento derivó en una verdadera carnicería que dejó una mortal estela de aquellas nobles bestias a todo lo largo del giro estelar. Sus indefinibles y hermosos cuerpos flotando entre las estrellas que, antes de la aparición de la plaga terrícola, habían visitado y contemplado en absorta fascinación junto a los Algyroides Marchi. La desintegración de las pequeñas hijas del abismo nadando en la oscuridad del vacío, rumbo a la cuna donde se iniciaban los ciclos de los agujeros negros.

Los miopes terrícolas no fueron capaces de darse cuenta de ello: tras la desaparición de la última Kullammak, el último de los Algyroides Marchi se durmió para siempre. El uno no podía sobrevivir sin el otro. Y sin ellos dos —los Algyroides Marchi nadando junto a las Kullammak, sus amadas bestias—, el camino de los agujeros negros no podía ser trazado con claridad. Porque la labor noble y contemplativa de ellos era principalmente la de pastorear los grandes ciclos galácticos, de guiarlos de ida y de vuelta a través de los eones.

Los despreciables Humanos no se dieron el tiempo de pensar en ello, absortos en sus campañas de destrucción y conquista.

Hasta que el colapso de la entera galaxia alcanzó a los Humanos y los barrió de la existencia para, sobre su ignominioso despojo, sembrar en los abismos la semilla de nuevas y hermosas Kullammak que, a su vez, pudieran despertar a los pacíficos Algyroides Marchi.

 

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La Piña Comentarista

Es una piña amargada.

Más de uno de nosotros ha tenido la oportunidad de expresar su opinión en una página de internet. Si acostumbras pasar mucho tiempo en la red te darás cuenta de que suelen aparecer numerosos debates en la sección de comentarios, algunos tan violentos que se pensaría que si no hubiera una página de internet de por medio, estos dos pensadores se matarían a puño limpio.

Pero existe una sorpresa: muchos de las opiniones contradictorias son escritas deliberadamente para molestar e incitar a los violentos debates previamente mencionados.

Así lucen cuando pelean en la sección de comentarios.

Así lucen cuando pelean en la sección de comentarios.

¿Por qué una persona disfruta iniciando discusiones sin sentido que solo sirven para saturar la red?

Es por que no es una persona, más bien es una piña que desea sentir la emoción de un debate. Con numerosos Alias en la red, esta fruta inicia complicados debates que no llevan a ningún lado. Ocasionalmente un tema no tiene suficientes lectores y hace que sus propios personajes peleen entre ellos.

Ese comentario grosero de internet, pudo ser escrito por una fruta de 500g

Ese comentario grosero de internet, pudo ser escrito por una fruta de 500g

El método en el que la fruta tiene acceso a internet es un misterio para mí, pero las motivaciones son obvias:  esta fruta está deseosa de atención.

Si no eres una piña, tus comentarios son bienvenidos…

Cuentanos sobre la fruta malvada